viernes, 30 de mayo de 2014

esencia navideña



La esencia navideña me asfixiaba, no soportaba ver más rostros fingiendo júbilo mientras devoraban con sus hocicos la putrefacta comida que servía mi mujer. Todo era repugnante: los regalos, la cena; el bacalao, los chiles rellenos, el ponche; los invitados, mis hijos, mis hermanos, mi madre; el árbol, los villancicos… Qué estarán pensando ahora de mí. Deben pensar que soy un fracasado. ¡Bravo! Hiciste la escena cumbre de la noche, ni el perro, más educado que yo, la podría haber igualado. Sí, soy un fracasado y ¿qué?
            Salí corriendo de casa.
Me detuve en la avenida Juárez. Caminé en busca de un bar lounge para malgastar mi dinero y perderme un momento. Todos lucen tan felices. Entré al Ma Carthy's después de 30 minutos de espera.
Yo no soy el loco, los locos son ellos. ¿Cómo celebrar algo cuando estamos en plena crisis, cuando el presupuesto anual y la identidad están desapareciendo poco a poco? Navidad, pura mierda; festividad impuesta por los gringos o por la iglesia, qué sé yo. Época del año donde la felicidad se manifiesta con regalos y una gran cena en casa: todo va bien, denotaba la cara de cualquiera en la cena. Mi esposa malgasta miles de pesos, de los pocos que puedo ganar, en regalos para sus padres y ropa que usará sólo una vez sentada en el sillón, para después de dos horas darme un ridículo abrazo por otro año juntos y los beneficios de tener un hombre tan listo. Ella está conmigo por lástima, no por deseo. ¿Qué pensarán de mí los niños? Que piensen lo que quieran, su madre y sus abuelos ya les habrán dicho que su padre no tiene talento, solamente es un inmaculado saco de recuerdos y melancolías, un torpe escritor que no puede escribir una buena obra y no entiende las ficciones de Borges. Es cierto, soy un mal escritor, el sueño se truncó cuando cumplí los 21 años  mientras escribía la novela de mi vida y buscaba una editorial que publicará mi obra.  Los intentos fueron vanos. Me tiré a la depresión y desde entonces llevo 15 navidades rogando en todas mis cartas a Santa Claus lo mismo: escribir bien.
            Feliz navidad, gritan en la mesa de al lado unos jóvenes de entre 20 y 23 años. Me invitan al brindis y acepto tomar dos copas con ellos. Es una lástima saber que en unos años terminarán igual a mí. De regreso a mi asiento le pido al mesero una última ronda.
            -Tráigame tres vodkas y toma esto de regalo.

Un hombre gordo se sienta a mi lado, huele a almendras y menta.
-Y bien, ¿cómo va tu noche, Ubaldo?
-Pues más o menos, Santa.- Lo miro asombrado. No entiendo de dónde ha salido.- ¿Cómo vas con los regalos?
-He venido a darte tu regalo.- Me interrumpe.
De su bolsa saca una Tablet y dos libros gordos.
Me los obsequia y sonríe amargamente.
-¿Qué pasa? ¿No era lo que habías esperado por tantos años?
Sí pero…- Agacho la mirada y de mis ojos salen lágrimas- Esto no es lo que he deseado después de todo.
-¿Cómo que no lo has deseado? Es lo que llevas esperando después de tantos años.
-No, estos son premios de consolación que le ofreces a los individuos lúgubres como yo. Tú bien sabes que esperé tu venida por 15 años, aun sabiendo que no eres real. – Lo agarro de las solapas de su traje y le grito desesperadamente:- ¡No ves que soy un fracaso! Necesito algo, no sé qué es, pero no es un objeto material.
Santa se quedó meditabundo, cavilando sobre qué podría ser el regalo perfecto. Pasaron dos horas y el cadenero nos sacó del bar. Ordenes de gobernación, dijo.
Encendió un cigarrillo. Me invitó a sentarme en la banqueta. Dio la última exhalada a su pitillo.
-Estuve pensando en tu problema, hijo. No puedo ayudarte como tú tanto lo deseas. Tienes razón, no soy real, sólo doy objetos materiales a la gente creyendo otorgarles la felicidad que tanto anhelan o merman durante el año. No fui creado por Coca-cola, yo era un santo. El tiempo me ha transformado en el hombre rojo con barba que regala objetos a todo el mundo. Yo era un santo, no daba obsequios, daba a los jóvenes como tú la virtud que les falta. Perdona por no ayudarte, mi querido hijo. Debo partir a las tierras lejanas a repartir los juguetes, o lo que sea que entregue a todo el mundo. ¿Te gustaría un último deseo para esta noche?
No supe qué pedir.
-Sólo quiero ir a casa.
            De regreso, todos se habían marchado. No tendré que explicarles mi encuentro con el gordo, creerían que estoy loco, ¡¿más?! Tiré la Tablet y los libros gordos por la cocina. Me acosté en el sofá. Miró por última vez la ventana y la nieve falsa del inflable  que está en el jardín. Los villancicos navideños atraviesan las paredes de mi casa, el jingle bells me carcome los oídos.
Brindo por este y por los venideros años de mierda.
El sabor a cenicero inunda mis papilas.


Los primeros rayos de luz se meten por mi ventana y rozan mis pupilas dilatadas por el estrés de una noche llena de sinsabores. Los años pasan y mi barriga no es la misma, ya no soporto el ardor provocado por una noche de fiesta como antes. Feliz navidad, dice una carta encima de los dos libros gordos y la Tablet. Quito el papel fantasía de mis regalos. Pero ¿qué esto? Un libro gordo de 950 páginas, vaya, no recuerdo haber pedido un libro tan gordo. Leo atónico mi nombre, acompañado por un breve elogio: Historia del fracaso, por Ubaldo Mendoza. Premio Biblioteca Breve.